viernes, 23 de noviembre de 2012

La Vecina Gimnasta





Durante varios años viví en un departamento pequeñito en un barrio bastante tranquilo de la capital. Era barato, considerando el sector, y quedaba cerca de mi trabajo, lo cual me acomodaba mucho. Pero un buen día el dueño del departamento me llamó por teléfono para contarme que lo había vendido así que tenía dos meses para cambiarme.
         Ahorraré los detalles superfluos de esos dos meses locos, resumiendo que después de mucho transpirar pude encontrar un departamento, no tan barato pero si más grande, algo más lejos pero más céntrico.
         Como dije, era más espacioso, tenía un pequeño balcón y vista hacia el sector antiguo de la ciudad. Mis muebles, comprados para el departamento pequeño, ahorraban tanto espacio que el conjunto daba la sensación de mayor tamaño.
         Así, volví a mi rutina habitual, la rutina de todo empleado citadino: levantarme temprano, irme al trabajo, llegar del trabajo, perder un par de horas en entretenimientos superfluos (alguna película, algún partido de futbol, escuchar música mientras se lee el diario).
Los cambios fueron más leves que lo previsto. Algunos paisajes distintos -en el sector abundaban los edificios viejos, las iglesias antiguas, las casas de corredores extensos-, un camino diferente, más largo y enrevesado.
Todo parecía tranquilo hasta que una mañana, cerca de una semana después de haberme asentado definitivamente en el departamento, una música estridente, de ritmo forzado, de esa típica música de gimnasio con que las señoronas gordas sudan tratando de bajar las grasas acumuladas por años de desidia y glotonería, retumbó en la pared del comedor. Al otro lado, podía escuchar los pisotones de la vecina mientras hacia gimnasia al ritmo de la música.
Me levanté y me bañé enojado, pero algo me hizo pensar que ese despertar abrupto sería solo por ese día.
Cuál equivocado estaba.
A partir de ese momento, todos los días, a las seis de la mañana, la música comenzaba a martillar en mi cabeza. No respetaba ni sábados ni domingo ni festivos; al parecer era una mujer obsesionada con el culto al cuerpo, quizás una obesa enfermante que en la noche se abotagaba con sándwiches y pastelitos, y en las mañanas, horrorizada y torturada por la culpa, trataba en vano de quemar las calorías de más.
Hice todo lo posible por minimizar la tortura pero fue en vano: cerrar la puerta, ponerme audífonos, nada resultaba porque no era tanto el ruido como las vibraciones de los bajos y las pisotadas de la gimnasta.
Resignado tuve que aceptar el despertar todos los días con el maldito ritmo, apurarme en levantarme, ducharme, vestirme, saltarme el desayuno e irme. Jugueteé con la idea de hacer un reclamo o incluso enfrentar a la mujer, pero la cobardía fue más fuerte.
Hasta que una tarde calurosa de sábado, cuando salía de la tercera ducha, intento desesperado por aguantar el calor que me hacía sudar a raudales, sonó el timbre.
-¡Voy! -Grité, mientras me ponía rápidamente un buzo y una polera.
Nunca he sido un tipo muy sociable, así que no tenía idea quién pudiera ser. Quizás el conserje para avisarme de una cañería rota, o alguien perdido en busca de alguno de los vecinos que yo, personalmente, desconocía por completo.
No era nada de eso. Era una mujer indescriptiblemente despampanante, alta, de cabellera larga, rubia y lisa, de rasgos europeos y de un cuerpo escultural que es difícil describir en palabras. Vestía una apretada blusa y sus tetas enormes luchaban por escaparse del pronunciado escote; sus piernas se dibujaban firmemente bajo el apretadísimo buzo de gimnasia, y aunque estaba de frente, no era difícil adivinar como la tela se estiraba en su culo redondo y firme.
-Hola –dijo sonriendo-, soy tu vecina de al lado.
En ese mismo instante le perdoné todas las mañanas ruidosas que había tenido que soportar.
-Hola –respondí, completamente intrigado sobre el propósito de aquella extraña visita.
-Disculpa que te moleste –dijo, sin dejar de sonreír-. Tengo un problema, mi lavadora se estropeó y tengo que lavar urgente una ropa porque mañana voy a la playa… ¿sería mucha la patudez si te pido prestada tu lavadora?
Yo no respondí. Estaba absorto en su figura de curvas pronunciadas. La vecina tenía un cuerpo esculpido a son de deportes y de gimnasio, pero a pesar de todo, no tenia esos detalles “masculinos” que hacen desagradable a una mujer deportista: sus músculos eran firmes pero delicados, sin esos delineamientos que quitan la femineidad de tantas atletas.
-¿Puedo? –insistió
-Cla... cla.. claro- dije, tartamudeando.
La vecina se agachó para recoger el canasto con ropa sucia que traía consigo (al parecer, nunca dudó que mi respuesta sería afirmativa), y en ese momento pude confirmar que era poseedora del culo más perfecto que yo había visto en mi vida.
Le indiqué donde estaba la lavadora. Entró, y no pude disimular mis ojos clavados en sus tetas y en su culo.
Ella sonrió como entendiendo.
La  lavadora estaba en un pequeño espacio entre la cocina y el living, casi justo a la puerta, así que me era difícil “no estar” al lado suyo mientras echaba la ropa dentro; además, no manejo muy bien los estándares de cortesía, así que no sabía si sería mal visto quedarme a su lado o dejarla sola. Además, dejémonos de cuentos, con ese pedazo de culo, ¿quién querría dejar de mirarla?
Echó toda la ropa en silencio y se quedó mirando la lavadora, que no alcanzaba a estar llena.
-Mmmmm… -dijo, para si, ignorando mi presencia completamente -. Creo que cabe más ropa… podría lavar esta ropa también.
Y dicho esto se sacó la blusa, la echó a la lavadora, me miró y sonrió coquetamente y agregó, mientras se sacaba el buzo.
-¿No te molesta, no?
Negué con la cabeza porque no podía creer lo que estaba viendo. Ahí, parada frente a mí, se encontraba el cuerpo más perfecto que hubiera vista jamás, vistiendo un sostén que parecía a punto de romperse, presionado por un par de tetas inmensas, y un calzón minúsculo que se perdía entre las curvas de su enorme y redonda raja.
-Te lo digo porque no quiero traerte problemas –siguió diciendo con toda naturalidad, como si en realidad no estuviese casi en pelotas frente a mí-. Puede llegar tu señora o tu novia, y verme así, y claro,
-No, no tengo novia, ni señora –dije, y sonó aún más patético de lo que pensé.
-En serio –dijo sonriendo picaronamente-. Pobrecito. ¿Y como te descargas?
-¿Cómo qué?
Pegó una largar carcajada y avanzó hacia mí, poniéndose a plena luz.
-¿Qué como te descargas?
Estaba tan nervioso que no entendía lo que quería decir. Si, soy un imbécil, un tonto rematado, lo admito. Pero desafío a cualquiera a estar frente a una mujer así y pensar con claridad.
-No… no entiendo-...
Otra risotada que me hizo sentirme como un ratón. Fue en ese momento que entendí lo que me decía y lo estúpido que le debía parecer.
         -Para mi, vecino, que usted se mata a pajas, ¿cierto? Tienes carita de esos que se pajean toda la noche de corrido, jaja, con ojeras y todo.
         Me dio rabia y dije.
         -No, las ojeras son porque todas las mañanas alguien me despierta con música de aeróbicas.
         Fue un golpe bajo, lo admito, y ella lo recibió con dignidad.
         -Mis sinceras disculpas –dijo, agachando la cabeza avergonzada-. No pensé que te molestara la música… no pensé que las paredes fueran tan delgadas.
         Hubo unos segundos de tensión en los que me arrepentí de lo dicho.
         -Pucha… y tu siendo tan amable conmigo, prestándome la lavadora y todo… y yo tratándote de pajero… En serio, mis disculpas…
         -No, no te preocupes… Pero igual, es cierto que la música es fuerte y además, llegas aquí, a hablarme de pajas, mientras estas asi, frente a mi.
         Sonrió. Hizo un gesto para indicar su cuerpo y preguntó:
         -¿Te gusta?
         -Eh… pues claro…
         -¿Te inspira una paja?
-Bueno, si, pero ¿Por qué esa obsesión con las pajas?
Rió.
-No sé. Me gusta pensar en un hombre pajeándose frente a mí.
Entonces tuve una idea. Fue una idea absurda, pero la situación era absurda, así que no me importó.
-Con ese culo y esas tetas, cualquiera querría pajearse –dije, y mientras lo decía saqué la verga –que hace rato estaba dura – y comencé a pajearme, justo en frente de ella.
Ella al principio no reaccionó. Me miraba entre divertida y horrorizada, mientras yo me frotaba la penca con tanta fuerza que parecía a punto de romperla. Mi pico estaba duro y rojo, casi morado, y era como si frente a ella incluso se hubiese agrandado más de lo normal, como si quisiera estar al altura de la perra que inspiraba su rigidez.
Comencé a sudar copiosamente: el calor, sumado al esfuerzo de la paja, volvió mi cuerpo rojizo y cristalino. Una risita nerviosa apareció en la boca me de vecina, y luego comenzó a moverse, a contornear muy sexy el culo, a pasarse las manos por las piernas y las tetas.
Yo no paraba de pajearme. En un momento yo y la paja fuimos uno: la acción de frotarme la pichula exigía toda mi concentración y mi mente se dividió en dos: una de ellas controlaba el movimiento mecánico, mientras que la otra se deleitaba con las formas carnosas y perfectas de mi vecina.
-¿Te gusto? –decía con una voz distinta a la que había usado antes, una voz cadenciosa de perra en celo- ¿Te gustan mis tetas? ¿Te gusta mi culo?
Y se contoneaba y se movía frente a mí. De un movimiento brusco, se sacó los sostenes, y sus tetas inmensas quedaron frente a mí. Eran tan grandes que no entiendo como podían ser tan paradas, sus pezones rosados eran dos flechas que apuntaban hacia mi cara.
Sin pedirle permiso –y sin dejar de pajearme-, me acerqué y le chupé las tetas. Ella comenzó a gemir y gritaba más fuerte “¿te gustan mis tetas, te gustan?”
Luego se dio vuelta, levantaba el culo y repetía la misma pregunta:
-¿te gusta mi culo?
Yo le pegué unos golpecitos con la verga en las nalgas y no sabría decir cual de las dos eran más duras y firmes.
         Ella se acuclilló para bajarse los calzones. Yo paré para sacarme la polera y el pantalón, y durante un rato me pasee al lado de ella, con la pichula enhiesta como una bandera; ella estaba hipnotizada por mi pico, lo miraba y se reía sola.
         -Por lo visto te gusta que se pajeen pensando en ti –dije.
         -Oh, si me fascina…-dijo ella, pero no alcanzó a terminar la frase, porque en ese momento, y sin darle tiempo de reaccionar, le ensarté la penca en la boca hasta la garganta. Ella hizo una arcada, pensé que iba a vomitar y eso me excitó mucho más. En vez de sacarla, la agarre la cabeza con las manos y le hundí la pichula aun más. Comencé a culearle la cara mientras le decía:
         -Pajéame con la boca, puta de mierda, pajéame como la puta que eres.
         Ella hizo más arcadas pero luego de varias embestidas logró controlar la respiración y comenzó a chupar con ganas. Al parecer tener una verga en la boca la excitaba tanto como ver pajearme frente a ella, porque vi como su mano se deslizaba por sus calzones diminutos y comenzaba a refregar el clítoris con frenesí.
         Siguió mamándome la pichula con ganas. A veces yo se la sacaba de la boca y ella la buscaba desesperada; yo jugaba haciéndole difícil encontrarla, golpeándole las mejillas. La baba le chorreaba por las mejillas y el mentón, al igual que a mí por el pico y los cocos.
         Al rato se levantó. Estaba como desorientada, trastabilló un poco, se reía como atontada, tenia las tetas llevas de su propia saliva. Caminando torpemente colocó los brazos en la pared mientras estiraba el culo hacia mí.
Esta vez comprendí de inmediato lo que quería. Le bajé los calzones, abrí sus pétreas nalgas y coloqué la punta de mi verga en su culo, para luego empujarlo con fuerza.
-¡Puto! –gritó ella, entre adolorida y gozosa.
-Puta –le susurré yo en la oreja, mientras seguía taladrando su orto con mi pico duro.
Me la culié por la raja durante largo rato, mientras ella se quejaba y decía palabras sueltas como “verga”, “culo”, “cacha”.
A mi me sorprendía cuánto había resistido mi pichula, hasta que sentí el innegable llamado del orgasmo. No sé por qué saqué la penca del orificio tibio y apretado y dejé que el chorro de moco le cayese en las nalgas.
Segundos después, jadeante, se dio vuelta y me miró, sonriendo. Con su mano tomo un poco de semen y se lo echó a la boca.
-Prometo no meter más bulla en la mañana –me dijo.
-Puedes meter toda la bulla que quieras –respondí-, con tal que después vengas a lavar aquí la ropa.