viernes, 23 de noviembre de 2012

La Vecina Gimnasta





Durante varios años viví en un departamento pequeñito en un barrio bastante tranquilo de la capital. Era barato, considerando el sector, y quedaba cerca de mi trabajo, lo cual me acomodaba mucho. Pero un buen día el dueño del departamento me llamó por teléfono para contarme que lo había vendido así que tenía dos meses para cambiarme.
         Ahorraré los detalles superfluos de esos dos meses locos, resumiendo que después de mucho transpirar pude encontrar un departamento, no tan barato pero si más grande, algo más lejos pero más céntrico.
         Como dije, era más espacioso, tenía un pequeño balcón y vista hacia el sector antiguo de la ciudad. Mis muebles, comprados para el departamento pequeño, ahorraban tanto espacio que el conjunto daba la sensación de mayor tamaño.
         Así, volví a mi rutina habitual, la rutina de todo empleado citadino: levantarme temprano, irme al trabajo, llegar del trabajo, perder un par de horas en entretenimientos superfluos (alguna película, algún partido de futbol, escuchar música mientras se lee el diario).
Los cambios fueron más leves que lo previsto. Algunos paisajes distintos -en el sector abundaban los edificios viejos, las iglesias antiguas, las casas de corredores extensos-, un camino diferente, más largo y enrevesado.
Todo parecía tranquilo hasta que una mañana, cerca de una semana después de haberme asentado definitivamente en el departamento, una música estridente, de ritmo forzado, de esa típica música de gimnasio con que las señoronas gordas sudan tratando de bajar las grasas acumuladas por años de desidia y glotonería, retumbó en la pared del comedor. Al otro lado, podía escuchar los pisotones de la vecina mientras hacia gimnasia al ritmo de la música.
Me levanté y me bañé enojado, pero algo me hizo pensar que ese despertar abrupto sería solo por ese día.
Cuál equivocado estaba.
A partir de ese momento, todos los días, a las seis de la mañana, la música comenzaba a martillar en mi cabeza. No respetaba ni sábados ni domingo ni festivos; al parecer era una mujer obsesionada con el culto al cuerpo, quizás una obesa enfermante que en la noche se abotagaba con sándwiches y pastelitos, y en las mañanas, horrorizada y torturada por la culpa, trataba en vano de quemar las calorías de más.
Hice todo lo posible por minimizar la tortura pero fue en vano: cerrar la puerta, ponerme audífonos, nada resultaba porque no era tanto el ruido como las vibraciones de los bajos y las pisotadas de la gimnasta.
Resignado tuve que aceptar el despertar todos los días con el maldito ritmo, apurarme en levantarme, ducharme, vestirme, saltarme el desayuno e irme. Jugueteé con la idea de hacer un reclamo o incluso enfrentar a la mujer, pero la cobardía fue más fuerte.
Hasta que una tarde calurosa de sábado, cuando salía de la tercera ducha, intento desesperado por aguantar el calor que me hacía sudar a raudales, sonó el timbre.
-¡Voy! -Grité, mientras me ponía rápidamente un buzo y una polera.
Nunca he sido un tipo muy sociable, así que no tenía idea quién pudiera ser. Quizás el conserje para avisarme de una cañería rota, o alguien perdido en busca de alguno de los vecinos que yo, personalmente, desconocía por completo.
No era nada de eso. Era una mujer indescriptiblemente despampanante, alta, de cabellera larga, rubia y lisa, de rasgos europeos y de un cuerpo escultural que es difícil describir en palabras. Vestía una apretada blusa y sus tetas enormes luchaban por escaparse del pronunciado escote; sus piernas se dibujaban firmemente bajo el apretadísimo buzo de gimnasia, y aunque estaba de frente, no era difícil adivinar como la tela se estiraba en su culo redondo y firme.
-Hola –dijo sonriendo-, soy tu vecina de al lado.
En ese mismo instante le perdoné todas las mañanas ruidosas que había tenido que soportar.
-Hola –respondí, completamente intrigado sobre el propósito de aquella extraña visita.
-Disculpa que te moleste –dijo, sin dejar de sonreír-. Tengo un problema, mi lavadora se estropeó y tengo que lavar urgente una ropa porque mañana voy a la playa… ¿sería mucha la patudez si te pido prestada tu lavadora?
Yo no respondí. Estaba absorto en su figura de curvas pronunciadas. La vecina tenía un cuerpo esculpido a son de deportes y de gimnasio, pero a pesar de todo, no tenia esos detalles “masculinos” que hacen desagradable a una mujer deportista: sus músculos eran firmes pero delicados, sin esos delineamientos que quitan la femineidad de tantas atletas.
-¿Puedo? –insistió
-Cla... cla.. claro- dije, tartamudeando.
La vecina se agachó para recoger el canasto con ropa sucia que traía consigo (al parecer, nunca dudó que mi respuesta sería afirmativa), y en ese momento pude confirmar que era poseedora del culo más perfecto que yo había visto en mi vida.
Le indiqué donde estaba la lavadora. Entró, y no pude disimular mis ojos clavados en sus tetas y en su culo.
Ella sonrió como entendiendo.
La  lavadora estaba en un pequeño espacio entre la cocina y el living, casi justo a la puerta, así que me era difícil “no estar” al lado suyo mientras echaba la ropa dentro; además, no manejo muy bien los estándares de cortesía, así que no sabía si sería mal visto quedarme a su lado o dejarla sola. Además, dejémonos de cuentos, con ese pedazo de culo, ¿quién querría dejar de mirarla?
Echó toda la ropa en silencio y se quedó mirando la lavadora, que no alcanzaba a estar llena.
-Mmmmm… -dijo, para si, ignorando mi presencia completamente -. Creo que cabe más ropa… podría lavar esta ropa también.
Y dicho esto se sacó la blusa, la echó a la lavadora, me miró y sonrió coquetamente y agregó, mientras se sacaba el buzo.
-¿No te molesta, no?
Negué con la cabeza porque no podía creer lo que estaba viendo. Ahí, parada frente a mí, se encontraba el cuerpo más perfecto que hubiera vista jamás, vistiendo un sostén que parecía a punto de romperse, presionado por un par de tetas inmensas, y un calzón minúsculo que se perdía entre las curvas de su enorme y redonda raja.
-Te lo digo porque no quiero traerte problemas –siguió diciendo con toda naturalidad, como si en realidad no estuviese casi en pelotas frente a mí-. Puede llegar tu señora o tu novia, y verme así, y claro,
-No, no tengo novia, ni señora –dije, y sonó aún más patético de lo que pensé.
-En serio –dijo sonriendo picaronamente-. Pobrecito. ¿Y como te descargas?
-¿Cómo qué?
Pegó una largar carcajada y avanzó hacia mí, poniéndose a plena luz.
-¿Qué como te descargas?
Estaba tan nervioso que no entendía lo que quería decir. Si, soy un imbécil, un tonto rematado, lo admito. Pero desafío a cualquiera a estar frente a una mujer así y pensar con claridad.
-No… no entiendo-...
Otra risotada que me hizo sentirme como un ratón. Fue en ese momento que entendí lo que me decía y lo estúpido que le debía parecer.
         -Para mi, vecino, que usted se mata a pajas, ¿cierto? Tienes carita de esos que se pajean toda la noche de corrido, jaja, con ojeras y todo.
         Me dio rabia y dije.
         -No, las ojeras son porque todas las mañanas alguien me despierta con música de aeróbicas.
         Fue un golpe bajo, lo admito, y ella lo recibió con dignidad.
         -Mis sinceras disculpas –dijo, agachando la cabeza avergonzada-. No pensé que te molestara la música… no pensé que las paredes fueran tan delgadas.
         Hubo unos segundos de tensión en los que me arrepentí de lo dicho.
         -Pucha… y tu siendo tan amable conmigo, prestándome la lavadora y todo… y yo tratándote de pajero… En serio, mis disculpas…
         -No, no te preocupes… Pero igual, es cierto que la música es fuerte y además, llegas aquí, a hablarme de pajas, mientras estas asi, frente a mi.
         Sonrió. Hizo un gesto para indicar su cuerpo y preguntó:
         -¿Te gusta?
         -Eh… pues claro…
         -¿Te inspira una paja?
-Bueno, si, pero ¿Por qué esa obsesión con las pajas?
Rió.
-No sé. Me gusta pensar en un hombre pajeándose frente a mí.
Entonces tuve una idea. Fue una idea absurda, pero la situación era absurda, así que no me importó.
-Con ese culo y esas tetas, cualquiera querría pajearse –dije, y mientras lo decía saqué la verga –que hace rato estaba dura – y comencé a pajearme, justo en frente de ella.
Ella al principio no reaccionó. Me miraba entre divertida y horrorizada, mientras yo me frotaba la penca con tanta fuerza que parecía a punto de romperla. Mi pico estaba duro y rojo, casi morado, y era como si frente a ella incluso se hubiese agrandado más de lo normal, como si quisiera estar al altura de la perra que inspiraba su rigidez.
Comencé a sudar copiosamente: el calor, sumado al esfuerzo de la paja, volvió mi cuerpo rojizo y cristalino. Una risita nerviosa apareció en la boca me de vecina, y luego comenzó a moverse, a contornear muy sexy el culo, a pasarse las manos por las piernas y las tetas.
Yo no paraba de pajearme. En un momento yo y la paja fuimos uno: la acción de frotarme la pichula exigía toda mi concentración y mi mente se dividió en dos: una de ellas controlaba el movimiento mecánico, mientras que la otra se deleitaba con las formas carnosas y perfectas de mi vecina.
-¿Te gusto? –decía con una voz distinta a la que había usado antes, una voz cadenciosa de perra en celo- ¿Te gustan mis tetas? ¿Te gusta mi culo?
Y se contoneaba y se movía frente a mí. De un movimiento brusco, se sacó los sostenes, y sus tetas inmensas quedaron frente a mí. Eran tan grandes que no entiendo como podían ser tan paradas, sus pezones rosados eran dos flechas que apuntaban hacia mi cara.
Sin pedirle permiso –y sin dejar de pajearme-, me acerqué y le chupé las tetas. Ella comenzó a gemir y gritaba más fuerte “¿te gustan mis tetas, te gustan?”
Luego se dio vuelta, levantaba el culo y repetía la misma pregunta:
-¿te gusta mi culo?
Yo le pegué unos golpecitos con la verga en las nalgas y no sabría decir cual de las dos eran más duras y firmes.
         Ella se acuclilló para bajarse los calzones. Yo paré para sacarme la polera y el pantalón, y durante un rato me pasee al lado de ella, con la pichula enhiesta como una bandera; ella estaba hipnotizada por mi pico, lo miraba y se reía sola.
         -Por lo visto te gusta que se pajeen pensando en ti –dije.
         -Oh, si me fascina…-dijo ella, pero no alcanzó a terminar la frase, porque en ese momento, y sin darle tiempo de reaccionar, le ensarté la penca en la boca hasta la garganta. Ella hizo una arcada, pensé que iba a vomitar y eso me excitó mucho más. En vez de sacarla, la agarre la cabeza con las manos y le hundí la pichula aun más. Comencé a culearle la cara mientras le decía:
         -Pajéame con la boca, puta de mierda, pajéame como la puta que eres.
         Ella hizo más arcadas pero luego de varias embestidas logró controlar la respiración y comenzó a chupar con ganas. Al parecer tener una verga en la boca la excitaba tanto como ver pajearme frente a ella, porque vi como su mano se deslizaba por sus calzones diminutos y comenzaba a refregar el clítoris con frenesí.
         Siguió mamándome la pichula con ganas. A veces yo se la sacaba de la boca y ella la buscaba desesperada; yo jugaba haciéndole difícil encontrarla, golpeándole las mejillas. La baba le chorreaba por las mejillas y el mentón, al igual que a mí por el pico y los cocos.
         Al rato se levantó. Estaba como desorientada, trastabilló un poco, se reía como atontada, tenia las tetas llevas de su propia saliva. Caminando torpemente colocó los brazos en la pared mientras estiraba el culo hacia mí.
Esta vez comprendí de inmediato lo que quería. Le bajé los calzones, abrí sus pétreas nalgas y coloqué la punta de mi verga en su culo, para luego empujarlo con fuerza.
-¡Puto! –gritó ella, entre adolorida y gozosa.
-Puta –le susurré yo en la oreja, mientras seguía taladrando su orto con mi pico duro.
Me la culié por la raja durante largo rato, mientras ella se quejaba y decía palabras sueltas como “verga”, “culo”, “cacha”.
A mi me sorprendía cuánto había resistido mi pichula, hasta que sentí el innegable llamado del orgasmo. No sé por qué saqué la penca del orificio tibio y apretado y dejé que el chorro de moco le cayese en las nalgas.
Segundos después, jadeante, se dio vuelta y me miró, sonriendo. Con su mano tomo un poco de semen y se lo echó a la boca.
-Prometo no meter más bulla en la mañana –me dijo.
-Puedes meter toda la bulla que quieras –respondí-, con tal que después vengas a lavar aquí la ropa.
        

martes, 30 de octubre de 2012

El Poder Oculto

La inspiradora de este cuento fue  Florcita-Irina


Tengo un poder.

Si, como los superheroes de los comics, aunque este no involucra capas multicolores ni trajes de payaso; no tiene nada que ver con desafiar a la física o la realidad.

Mi poder es mucho más sutil, y por ello, mucho más peligroso.

Supe que tenía este poder una tarde calurosa de verano, en un café. Vino a mi sorpresivamente, como una ráfaga de aire frio que me aliviase del pegajoso calor de una existencia que, hasta ese momento, me parecía mìnima.

Es dificil explicar en qué consistió mi epifanía. Fue una experiencia más allá de las palabras o las descripciones, algo para la cual ni toda la experiencia humana podria prepararme.

Me encontraba solo, sorbiendo mi café, mientras ojeaba uno de esos diarios gratuitos que regalan en las esquinas y que la gente, perezosamente o quizas en un inentendible gesto de solidaridad, deja abandonado en cualquier silla, listo para ser leído por el próximo comensal.

Mis ojos se levantaron lentamente cuando sentí sus pasos. Digo sentí, porque eso fue lo que sucedió. No la escuché -cómo hacerlo en el bullerío de la tarde-, ni la vi, pues estaba concentrado en el periódico. La sentí. Fue el momento en que mi poder se manifestó. No lo entendí de inmediato, pero si supe que algo sucedía, algo que debía llamar mi atención.

Tendría alrededor de unos 23 años, y era bella como pocas mujeres. Su figura era espigada sin ser flaca; su cuerpo tenía el volumen y la distribución correcta de carne para calificarla de maravilla de la naturaleza. No era una mujer delgada en función de dietas ni apretada en función de ejercicios: era una mujer de hermosas curvas porque la naturaleza lo había determinado así. Era una mujer que podría haraganear y comer chatarra todo el dia y seguiría conservando un cuerpo que tantas adictas a las dietas y gimnasios son incapaces de igualar.

Sus rasgos eran tan perfectos como sus curvas: su pelo negro y liso caía como una cascada radiante sobre sus hombros altivos; su rostro armónico, su nariz fina, sus ojos café penetrantes, todo el conjunto infundían un toque seductor al cual ningún hombre podria escapar.

Ventía una apretada minifalda negra y una blusa blanca; llevaba en la mano un pequeño bolso y un libro.

Se sentó en la mesa de al lado, pidió un trago y yo me quedé observándola todo el rato mientras lo degustaba.

Fue en ese momento en que fuí conciente de mi poder. Mientras la observaba me di cuenta de él, al principio con aprensión, como un juego, no creyendo realmente que fuera real. Ella me miraba cada cierto rato, miradas rápidas, disimuladas, una que otra sonrisa complice y coqueta. Cada vez que lo hacía mi poder, o mejor dicho, mi creencia en mi poder, se hacía más fuerte.

La chica terminó el trago, buscó la billetera en el bolso y mientras admiraba su rostro mi poder me habló, diciendome que esa era mi oportunidad. Yo nada debía hacer. El poder, el verdadero poder, no se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de hacer cosas comunes en el momento adecuado. Encontrar ese momento, ese preciso momento, y hacer en él lo preciso: esa es la esencia de mi poder.

Podía leer en el rostro la desesperación de la muchacha, mientras buscaba infructosamente la cartera. Una o dos veces me miró: su mirada era cada vez más perdida y asustada. Dejó el bolso a un lado, meditando la situación, segura de que nadie sabía qué le sucedia.

Entonces nuestras vistas se encontraron una vez más, pero esta vez supe que hacer.

Sonreí.

Solo eso. No necesitaba más. Las defensas de la muchacha estaban destruidas. La desesperación de no tener dinero para pagar la cuenta, la idea de la humillación y la verguenza que esto suscitaba era suficiente. Esa sonrisa le devolvió las esperanzas, y la gente es capaz de todo por la esperanza.

Me sonrió de vuelta, pero esta vez su sonrisa fue diferente. Yo olía la victoria.

Lo pensó unos instantes antes de atreverse. Se levantó como quien se levanta para acomodar la silla, me miró varias veces, con su sonrisa nerviosa, y luego, haciendo de tripas corazón,  se acercó y con voz ahogada me dijo:

-Hola... disculpa que te moleste... me da mucha verguenza, pero la verdad... me encuentro en una situación incómoda.. Se me quedó la billetera en la casa y, aunque vivo allá en la esquina, bueno, el mozo no me dejará ir a buscar el dinero... ¿usted me podría prestar y yo se lo devuelvo de inmediato?

Lo dijo sin convencimiento, totalmente perdida en la verguenza y en la rabia contra si misma, pero yo volví a sonreir -y con eso le volví a entregar confianza-, y le dije

-Por supuesto, ningún problema.

Se deshizo en agradecimientos y aunque los escuché sin chistar, le hice ver claramente que no necesitaba agradecerme.

Llamé al mozo y pagué ambas cuentas. No era necesario hacer crecer su sufrimiento demorando trámites inocuos. Ella me insistía que vivía en la esquina, que me pagaría de inmediato, que todo esto era una situación embarazosa.

La acompañé mientras me hablaba pero yo ya no la escuchaba. Ella repetía la letanía de la disculpa pero yo no estaba interesado en sus palabras, estaba interesado en ella.

Cuando llegamos a la esquina me dijo que subiría al departamento para buscar el dinero. En ese instante me miró, y en ese momento desaté mi poder: le devolví la mirada con intensidad y en ese segundo pude sentir, como si fuera parte de mi, todos sus pensamientos, todas sus emociones. Pude ver con claridad que detrás de esa cara angelical y esa apariencia elegante se escondía una puta que chillaba por salir, y casi sin ningún esfuerzo logré que aflorara. Perdió, gracias a mi mirada, toda inhibición, toda verguenza: ahora era yo quien la controlaba. Sonrió de nuevo, esta vez con una sonrisa muy distinta, una sonrisa pícara y atrevida.

-¿Y por qué no subes conmigo? -dijo-. Si quieres te puedo pagar chupándote el pico.

Le devolví la sonrisa mientras le agarraba el culo y la acompañé hasta el ascensor. Le seguí tocando el culo mientras subiamos, mientras caminábamos por el pasillo, mientras con mano nerviosa y desesperada ella abria la puerta de su departamento.

Apenas me dejó entrar cuando cerró la puerta y acto seguido me empujó contra la pared, se hincó y me desabrochó el pantalon. Como una puta en celo se metió mi verga, ya dura,  enhiesta y ansiosa, en la boca y comenzó a chupar como una experta. Me divertía observar como se metía el pico hasta lo más profundo de la garganta, como disfrutaba de esa breve sensación de asco y desesperación cuando la punta le tocaba las amigdalas. Babeaba mi pichula con su saliva espesa y pasaba de las caricias delicadas -la lengua sobre el prepucio y el glande- a el chupeteo desesperado.

-¿Te gusta, perra? -le dije

-Si... me encanta.. -musitó

La agarré del pelo y la levanté a la fuerza. De un manotón le arranqué la blusa y dejé expuestas sus tetas, enormes y sabrosas. Se las chupé, con fuerza, primero una, luega la otra, mordisqueando sus pezones oscuros y rígidos.

No me di cuenta cuando se habia sacado la falda. Usaba unos calzones verdes diminutos, y su culo era redondo, carnoso y duro. La puse en cuatro en el sillon, le bajé los calzones y enterré mi cara entre sus nalgas. Pasé mi lengua por su culo una y otra vez, saborié su ano como si de una fruta se tratase: le abria las nalgas y disfrutaba del espectáculo de su culo redondo y apretado, y de su choro depilado, sabroso y goteante.

Mientras, ella gritaba y gemia, suplicaba que le enterrase el pico.

-¡Soy una perra! -gritaba a todo pulmón-. ¡No puedo controlarme, soy una puta, necesito pico, entiérrame tu pico, entierrame esa pichula sabrosa en mi concha!

¿Quién era yo para no consentir a la dama?

Le enterré la callampa en la zorra con tanta violencia que por un momentó pensé que hasta mis cocos habían entrado en la concha. Mientras me la cojía, escuchaba sus gemidos y le agarraba las tetas, la cintura, el culo, sintiendo bajo mis dedos como surgía el sudor de su cuerpo arrebatado por la calentura.

Al rato de cabalgarla me levanté nuevamente: observé mi verga, completamente humeda y goteante de sus jugos. Ella no me dió mucho tiempo, eso si. Rápidamente se sentó y volvió a tragarse mi sable de carne con tanta fuerza y desesperación que por un segundo llegué a temer que me lo arrancara de un mordisco.

Se tiró de espaldas en el sillón y abrió las piernas, dejando el tajo jugoso latiendo de lujuria frente a mi, como una boca anhelante y desesperada.

Me agaché y le lamí la zorra. Le escupía en el clitoris y se lo lamía con fuerza. Ella gemia y con sus pies me acariciaba la espalda cada vez que pasaba mi lengua por su vulva. Me paré, y le metí el pico nuevamente mientras apoyaba sus piernas en mi hombro. La perra no podía más de caliente. Su concha estaba tan abierta que mi pico parecia ni siquiera rozarla.

La seguí taladrando largo rato, hasta  cuando mi cuerpo, completamente sudado y cansado, no pudo más. Me levanté y me paré en medio de la sala. Vi mi cuerpo desnudo y sudorosa reflejado en el cristal de la ventana: mi verga dura como un fierro brotaba de mi como una rama maciza de un tronco.

La perra se lavantó. Miré su cuerpo desnudo y fabuloso y sonrí ante le hecho de habermela follado.  Se hincó nuevamente para chuparme otra vez el pico. Esta vez ya se notaba el cansancio y la fatiga de su cuerpo. La tomé  con fuerza de sus cabellos con la mano izquiera y con la derecha comencé a pajearme. Ella habría la boca y decía:

-Dame la leche, dame toda la leche.

Un largo, pegajoso y blanquecino chorro de mocó brotó a gran presión de mi pichula y embardurnó su cara elegante y hermosa.

Asi la dejé, tirada en el piso, con la cara y las tetas llenas de mi moco, incapaz de moverse pero sonriendo.

Había descubierto un poder oculto, el de liberar a su puta interior.

Me vestí y me fuí sin siquiera despedirme






miércoles, 17 de octubre de 2012

El Regalo de cumpleaños

"Este cuento está basado en una fantasía real. Si quieren vivir un momento asi de especial, la chica protagonista existe y por un precio razonable los hará gozar tanto como al protagonista de esta historia. Su nombre es Valentina y pueden contactarla aqui: Valentina "

Ese día yo estaba molesto, molesto con el mundo y conmigo mismo. Era mi cumpleaños, pero nada me hacía realmente feliz. Venía llegando tardísimo del trabajo, pasadas las doce de la noche, y no quería saber de nadie.
Entonces sonó el telefono. Yo me estaba duchando, y hasta ese momento habia sido lo único bueno del dia. Escuché el chillido del celular mientras me jabonaba, emití un par de denuestos, apagué la ducha y a tientas recogí el apartó
-¿Alo?- Dije, sin disimular el disgusto.
Era mi hermano. Me hablaba atarantadamente, como si tuviera que decirme algo muy importante y las palabras se tropezar en su boca. Algo entendí de un favor muy importante, de una plata, de una amiga.
-Estoy saliendo de la ducha, ¿me puedes llamar en cinco minutos mas?
No le di tiempo a responder. Corté el telefono y me meti a la ducha nuevamente. Pero la magia ya habia terminado. Conociendo a mi hermano, en cinco minutos volvería a llamar y me sacaría una vez mas de mis cavilaciones.
Asi que me duché rapidamente, me puse el piyama, y en el momento en que iba a acostarme el telefono sonó nuevamente.
Resignado, respondí. Ahora le entendí mejor. Necesitaba un favor urgente, una amiga suya viajaba y necesitaba enviarle un dinero "ahora ya". Basicamente quería que me vistiera y partiera no se adonde a dejar una plata a las 2 de la madrugada.
No sé por qué, pero reprimí el impulso de mandarlo a la mierda. Era tanta su insistencia, y tanto mi cansancio, que decidí acceder. Le pedí la dirección y me dijo que tenia el número del edificio, pero no el del departamento:
 -¿Y como mierdas quieres que vaya si no sabes la dirección?
-Si la tengo, por aqui, pero anda ahora y te llamo en unos minutos mas, cuando la encuentre.
-Y si no la encuentras
-Pues la llamo y le pregunto, pero anda ya, porfa, te está esperando.
No sabia ni quería saber en que estupidez andaba metido. Me levanté recordando a su madre, que era también la mia, y salí al frio de la ciudad a dejar el dinero que me habia dejado esa tarde con el vecino.
Todo olía raro, pero yo estaba muy cansado como para ponerme a meditar.
Me demoré cerca de treinta minutos en llegar al edificio, que afortunadamente no quedaba tan lejos. me recibió un conserje tan somnoliento como yo. Di el nombre de la amiga de mi hermano, la destinataria del dinero. El tipo me miró y me dijo: Dice que lo espere tres minutos.
Lo que me faltaba. Estaba ahi, parado como idiota, a las 2 de la madrugada para dejar un dinero urgente a una desconocida, y me hacian esperar. En fin, me senté y esperé.
Minutos después me avisaron que podía pasar. Me levanté, tomé el ascensor. Llegué a un pasillo iluminado y busqué el departamento. Toque el timbre, esperando que alguna señor de bata y con rulos y más sueño que yo me abriera la puerta de mala gana, recibiera el dinero de un tirón y ni siquiera me diera las gracias.
Entonces se abrió la puerta.
Y lo que vi no lo pude creer.
Frente mio se encontraba la mujer más espectacular que habia visto en mi vida. Hermosa, alta, atletica, sexymente tatuada... y en sostenes y calzones.
Y no cualquier sosten y calzón: eran unos sostenes chiquitos y unos calzones diminutos con franjitas que dejaban ver, claramente, una concha depilada y exquisita.
Perdí el habla. Ella sonrió coquetamente y me hizo pasar, tratando de no hacer patente que se daba cuenta de mi nerviosismo extremo. Yo pensaba, cresta, la mina esta casi en pelotas y me hace pasar, que cosa mas loca.
Me imaginé que me recibiría el dinero y yo saldría de ahi unos minutos despues con el consuelo de haber visto un culo hermoso, pero cuando entré se puso a conversar sin parar y me ofrecio algo de beber. No podia decirle que no a un monumento de mujer en pelota frente a mi. Ademas, no podia sacar mis ojos del clitoris delicioso que facilmente se vislumbraba, ni de los tatuajes exquisitos de sus piernas. Pensé por un momento que esa noche sería de muchas, muchas pajas.
La chica buscaba un par de vasos y una bebida y paseaba su culo de aqui a allá. Yo no podia sacar la mirada de ese cuerpo exquisito. En un momento se agachó para dejar el vaso en la mesa y su culo quedó a centimetros de mi. Tuve que morderme la lengua para aguantar las ganas de besarlo.
Me pasó el vaso, se sentó a mi lado y me dijo
-¿Tu hermano no mandó algo para mi?
Solo en ese momento recordé el dinero y las razones por las que me encontraba ahi.
-Oh, si claro, tartamudié mientras sacaba el dinero y se lo entregaba.
Ella lo recibió, lo contó, y yo ya me paraba para irme (pensando en que quizas me tendría que pajear en la calle porque no aguantaría media hora hasta la casa), cuando ella me dice:
-¿Tú sabes para que es este dinero?
-No -respondí
En ese momento la muchacha se recostó en el sillon. abrío sus largas, bellas y tatuadas piernas, corrió el calzón ligeramente con la mano dejando su choro delante de mi en toda su gloria y majestad, y me dijo:
-Porque tu hermano quería regalarte la fantasía que siempre has tenido: cojerte a un puta tatuada como yo.
Debo reconocer que pasaron varios segundos antes de que yo asimilara ese mensaje. La muchacha rió y me dijo:
-¿Que pasa? ¿No te gusta?
Lo unico que atiné a decir fue:
-O sea... o sea... que puedo culearte.
Ella rio y dijo:
-Claro, puedes culearme, puedes agarrarme el culo, las tetas, la concha, puedes ponerme en cuatro y cojerme como una perra...
Pero no la dejé terminar porque en ese instante me arrojé sobre su zorra gloriosa y lamí su choro con deleite. Oh, que sensación esa de tener un clitoris depilado, limpio, joven y fresco y lamerlo a placer.
No se cuanto rato lami su concha, mientras escuchaba sus gemidos de placer, pero de pronto ella se lavantó y vi que ya estaba desnuda: puse mis manos en sus tetas, ella se dio vuelta y comenzó a refregarme el pico con el culo.
-Que tremenda pinga que tienes... -susurraba.
Yo tenia el pico tan duro que me dolía, y casi no creia lo que veia en el espejo: mis manos en sus tetas,  en sus piernas, en su culo.
Al rato se agachó, me bajó los pantalones y se tragó mi verga sin decir ni siquiera amen. Chupaba el pico como solo las verdaderas expertas, como solo las putas de corazón lo hacen: con desesperación, como si necesitaran atragantarse con la pichula. Solo a ratos se la sacaba de la boca para exclamar "pero que pico, pero que tremenda callampa" y se la metia de nuevo como un dulce al que no podia resistirse.
-¿Me quieres poner en cuatro?
No esperó mi respuesta, se dio vuelta, se puso en cuatro. No puedo describir lo glorioso que es ver el culo parado de una mujer escultural y tatuada. Solo atiné a enterrar mi pichula en esa concha mojada y sabrosa, en meter, sacar, meter, sacar, meter, sacar, cada vez más rapido y fuerte, mientras ella gritaba de gozo y me decia "eso, cojeme, culeame como a una perra, soy una perra caliente, necesito pico , necesito más pico" y yo le enterraba mi pico con más fuerza, y ella movia su culo redondo y petreo y mi verga desaparecia dentro de su zorra maravillosa y hambrienta.
Culeamos mucho rato, yo arriba, abajo, de lado, tomando con fuerza sus piernas torneadas y siempre ensartando la pinga en esa concha que nunca parecía satisfecha. Ella saltaba sobre mi verga como una perra enceguecida por la calentura, gritaba,  gemia, decia mi nombre, gritaba que en su vida se habia tragado muchos picos pero que ninguno era como el mio.
Casi como si lo sintiera, cuando mi cuerpo ya no pudo mas, se hincó ante mi dejando  que el chorro de moco que salió desparado de mi verga de derramara en sus tetas turgentes.
Y ahi quedé yo, cansadisimo y feliz, observando ese cuerpo fantastico, tatuado, hermoso, bañado en mi leche, sonriendo de haber sido culeada, cojida como una verdadera puta, una puta de corazon, una de esas putas que simplemente aman el pico, aman chupar vergas, aman ser ensartadas por una poronga.
El resto no es necesario contarlo. Me fui del edificio con una sonrisa dibujada en el rostro, con recuerdos inolvidables y con los cocos adoloridos. Adoloridos, pero felices.